Seguidores

domingo, 29 de marzo de 2020

Crónica de una tarde confinada.


Hoy es 29 de marzo y nunca habría imaginado vivir esta situación.

En realidad, han sido unos meses un tanto caóticos y frenéticos. A veces me pregunto cuándo volveremos a la normalidad. A veces, incluso me pregunto qué es la normalidad. Parece que este concepto ya no tiene el sentido que solía tener… Al menos en mi referencial, claro.

Hace años que se acabó para mí la promesa de un verano interminable; ahora el término “verano” se ve reducido a un puñado de días escasos y medidos con cuentagotas, que uno intenta alargar y alargar sin poder hacer milagros. Y, con el fin del verano, llegó la “rutina”.

Tantos años después, y aún sigo sin acostumbrarme a los regresos. Ese momento en el que se para el avión y recojo mi maleta entre un mar de brazos impacientes. Siempre viajo ligera. Poco voy avanzando por el angosto pasillo, despertándome paulatinamente de un aletargamiento que parece haber durado años. El primer contacto con el exterior, al bajar de las escaleras del avión en mitad de la pista -porque así resulta siempre con las aerolíneas españolas al llegar a Orly-, siempre es áspero. Dejar atrás los bochornosos días de verano y sus cálidas noches, y resignarse a un día gris en pleno agosto. Transporte público de nuevo. Habituar el oído. Y, al fin, llegar a casa. Un sentimiento contrariado me invade al llegar a casa. Tras cinco años entre estas cuatro paredes, cinco años de vivencias y recuerdos, sí siento que es mi casa. Las persianas bajadas. La soledad. Mi soledad.

Y siempre hago lo mismo. Las semanas - ¿qué digo?, ¡los meses siguientes! - siempre tiendo a llenarlos de hace-mucho-que-no-nos-vemos-¿tomamos-algo? y de las aventuras del viajero de fin de semana. Una espiral de salidas y llegadas, de rencuentros y regresos tardíos, sin descanso. El invierno pone cese a mis aventuras; la falta de horas de sol y el frío severo imponen una especie de hibernación que se alimenta de los deseos y añoranzas de un pasado glorioso bajo el sol. Y digo una “especie” de hibernación, porque yo no conozco el reposo. Necesito llenar, o al menos distraer, este vacío.

Y ésa es mi rutina hibernal generalmente.

Sin embargo, este último invierno se ha visto perturbado. Llegó diciembre y, con él, las huelgas. Cada día, ir al trabajo resultaba una peripecia digna de titanes. Y a eso se resumirían mis desplazamientos. Y a eso se resumiría mi contacto con el mundo exterior.

Vacaciones. Familia. Excesos. De nuevo ese sabor amargo del regreso. Trabajo, mucho trabajo, una fecha importante se acerca y yo me vuelvo a ir de viaje en un par de semanas: hay que dejarlo todo preparado.

Diez, once, quizá doce, quién sabe y qué importa, horas después llego a mi destino. Bendita sea mi suerte, que un brote de un virus del que poco se conoce anda suelto en el país y amenaza con extenderse. Yo no dejo que la adversidad me afecte, llevo protección para un regimiento y unas directivas claras que me prometo a mí misma respetar.

Poco a poco las consignas van siendo más claras. Las calles se vacían. Se respira un aire tenso y desconfiado. Los transeúntes, especialmente cuando comparten un medio de transporte, se miran de reojo y con recelo, siempre desde una distancia de seguridad autoimpuesta y compartida. Los restaurantes cierran, como todo lo demás. Los amantes, enmascarados. Se ahogan las horas, se agotan las soluciones. Tengo que volver.

Las horas siguientes serían decisivas. Quién sabe cuántas llamadas realicé aquel día. Tantas como barreras franqueadas. Los amantes enmascarados, fugitivos.

El regreso fue algo inesperado. La acogida también.

De nuevo ese recelo, aunque esta vez expuesto y sin resquemor. Rechazo a veces, incluso. Y no me queda otra más que aceptarlo sin rencores. Porque así es nuestra sociedad, tan sensacionalista como lo imponen los medios de comunicación. Hago pues, mi cuarentena. Poco importa, tengo montañas de trabajo para esa fecha que se aproxima a grandes pasos y que me tiene atrapada.

Y por fin llegó la fecha, un éxito rotundo. Y, con ella, mi ansiada libertad. Justo coincidía con las llamadas vacaciones de invierno. Es increíble la cantidad de vacaciones en el calendario escolar de este país. Aproveché estos días para al fin descansar un poco, para poner algo de orden a mi vida, para aliviar mi pesadumbre.

Pero poco duraría la calma. Mi regreso precipitado del país oriental me abrió el apetito de otra ruta a las pocas semanas, un éxodo corto pero lo suficientemente exótico.

Mi aventura insular comenzó como comienza siempre cualquier aventura tras un viaje un poco más largo de lo que a uno le gustaría: cansada e impaciente. Después de un par de días de deambulando, descubriendo, disfrutando, me atrapó de nuevo la realidad. Me atrapó una realidad que parece perseguirme, esa nube que siempre incertidumbre y de inseguridad a su paso. Es duro ver el sufrimiento en los ojos de tu gente.

Y de nuevo, cautiva. De nuevo, infinitas fueron las llamadas y eternas las horas para el codiciado regreso, mío y el de todos en todos esos aeropuertos en los que tuve que hacer escala. Un codiciado regreso para experimentar de nuevo la cautividad, pero, esta vez, en casa.

Y aquí estoy ahora, aprovechando el tiempo que me ha regalado este encierro. Aprovechándolo para retomar antiguas relaciones, como lo es mi relación con el folio en blanco.

Cautividad, sí, pero en casa. 





No hay comentarios:

Publicar un comentario