Hoy es
29 de marzo y nunca habría imaginado vivir esta situación.
En
realidad, han sido unos meses un tanto caóticos y frenéticos. A veces me
pregunto cuándo volveremos a la normalidad. A veces, incluso me pregunto qué es
la normalidad. Parece que este concepto ya no tiene el sentido que solía tener…
Al menos en mi referencial, claro.
Hace
años que se acabó para mí la promesa de un verano interminable; ahora el
término “verano” se ve reducido a un puñado de días escasos y medidos con
cuentagotas, que uno intenta alargar y alargar sin poder hacer milagros. Y, con
el fin del verano, llegó la “rutina”.
Tantos
años después, y aún sigo sin acostumbrarme a los regresos. Ese momento en el
que se para el avión y recojo mi maleta entre un mar de brazos impacientes.
Siempre viajo ligera. Poco voy avanzando por el angosto pasillo, despertándome
paulatinamente de un aletargamiento que parece haber durado años. El primer
contacto con el exterior, al bajar de las escaleras del avión en mitad de la
pista -porque así resulta siempre con las aerolíneas españolas al llegar a Orly-,
siempre es áspero. Dejar atrás los bochornosos días de verano y sus cálidas
noches, y resignarse a un día gris en pleno agosto. Transporte público de
nuevo. Habituar el oído. Y, al fin, llegar a casa. Un sentimiento contrariado
me invade al llegar a casa. Tras cinco años entre estas cuatro paredes, cinco
años de vivencias y recuerdos, sí siento que es mi casa. Las persianas bajadas.
La soledad. Mi soledad.
Y
siempre hago lo mismo. Las semanas - ¿qué digo?, ¡los meses siguientes! -
siempre tiendo a llenarlos de hace-mucho-que-no-nos-vemos-¿tomamos-algo? y de
las aventuras del viajero de fin de semana. Una espiral de salidas y llegadas,
de rencuentros y regresos tardíos, sin descanso. El invierno pone cese a mis
aventuras; la falta de horas de sol y el frío severo imponen una especie de
hibernación que se alimenta de los deseos y añoranzas de un pasado glorioso
bajo el sol. Y digo una “especie” de hibernación, porque yo no conozco el
reposo. Necesito llenar, o al menos distraer, este vacío.
Y ésa
es mi rutina hibernal generalmente.
Sin
embargo, este último invierno se ha visto perturbado. Llegó diciembre y, con
él, las huelgas. Cada día, ir al trabajo resultaba una peripecia digna de
titanes. Y a eso se resumirían mis desplazamientos. Y a eso se resumiría mi
contacto con el mundo exterior.
Vacaciones.
Familia. Excesos. De nuevo ese sabor amargo del regreso. Trabajo, mucho
trabajo, una fecha importante se acerca y yo me vuelvo a ir de viaje en un par
de semanas: hay que dejarlo todo preparado.
Diez,
once, quizá doce, quién sabe y qué importa, horas después llego a mi destino. Bendita
sea mi suerte, que un brote de un virus del que poco se conoce anda suelto en
el país y amenaza con extenderse. Yo no dejo que la adversidad me afecte, llevo
protección para un regimiento y unas directivas claras que me prometo a mí
misma respetar.
Poco a
poco las consignas van siendo más claras. Las calles se vacían. Se respira un
aire tenso y desconfiado. Los transeúntes, especialmente cuando comparten un
medio de transporte, se miran de reojo y con recelo, siempre desde una
distancia de seguridad autoimpuesta y compartida. Los restaurantes cierran,
como todo lo demás. Los amantes, enmascarados. Se ahogan las horas, se agotan
las soluciones. Tengo que volver.
Las
horas siguientes serían decisivas. Quién sabe cuántas llamadas realicé aquel
día. Tantas como barreras franqueadas. Los amantes enmascarados, fugitivos.
El
regreso fue algo inesperado. La acogida también.
De
nuevo ese recelo, aunque esta vez expuesto y sin resquemor. Rechazo a veces,
incluso. Y no me queda otra más que aceptarlo sin rencores. Porque así es nuestra
sociedad, tan sensacionalista como lo imponen los medios de comunicación. Hago
pues, mi cuarentena. Poco importa, tengo montañas de trabajo para esa fecha que
se aproxima a grandes pasos y que me tiene atrapada.
Y por
fin llegó la fecha, un éxito rotundo. Y, con ella, mi ansiada libertad. Justo
coincidía con las llamadas vacaciones de invierno. Es increíble la cantidad de
vacaciones en el calendario escolar de este país. Aproveché estos días para al
fin descansar un poco, para poner algo de orden a mi vida, para aliviar mi
pesadumbre.
Pero
poco duraría la calma. Mi regreso precipitado del país oriental me abrió el
apetito de otra ruta a las pocas semanas, un éxodo corto pero lo
suficientemente exótico.
Mi aventura
insular comenzó como comienza siempre cualquier aventura tras un viaje un poco
más largo de lo que a uno le gustaría: cansada e impaciente. Después de un par de
días de deambulando, descubriendo, disfrutando, me atrapó de nuevo la realidad.
Me atrapó una realidad que parece perseguirme, esa nube que siempre incertidumbre
y de inseguridad a su paso. Es duro ver el sufrimiento en los ojos de tu gente.
Y de nuevo, cautiva. De nuevo, infinitas fueron las
llamadas y eternas las horas para el codiciado regreso, mío y el de todos en
todos esos aeropuertos en los que tuve que hacer escala. Un codiciado regreso
para experimentar de nuevo la cautividad, pero, esta vez, en casa.
Y aquí estoy
ahora, aprovechando el tiempo que me ha regalado este encierro. Aprovechándolo
para retomar antiguas relaciones, como lo es mi relación con el folio en blanco.
Cautividad,
sí, pero en casa.
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