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jueves, 10 de junio de 2010

Marfil sobre la arena.


Como si de un sueño se tratase, yo contemplaba embelesado la escena, atento, eclipsado. El mero hecho de ver cómo sus pies desnudos se deslizaban suavemente, ligeros, sobre la arena era suficiente para que se erizase cada centímetro de mi piel. Y qué decir de la danza de sus caderas, balanceándose de una manera armoniosa; parecía su cintura envuelta en la más fina de las sedas…

Estaba a tan sólo nueve pasos de ella y ya era suficiente para desearla. Se dio la vuelta, consciente de que no me había perdido ni un solo segundo desde que abandonó mis brazos. Me dedicó una dulce sonrisa, acompañada de la más tierna, profunda y sensual de las miradas… Mi pecho ardía por ir hacia ella, por tomarla de nuevo entre mis brazos, por estrecharla fuertemente y no soltarla jamás, pero no me atrevía, se la veía tan feliz salpicando a las olas…

Qué decir de aquel momento, era así, irradiaba una felicidad incontenible por cada poro de su piel. Siempre como una niña, traviesa y juguetona, pero a la vez cariñosa y cálida, jugaba en la orilla. Cerró los ojos al sentir el contacto de la fresca espuma besando sus pies. Extendió los brazos para dejarse llevar por la suave brisa estival. Su melena ondeaba, melodiosa, como un pentagrama sin fin en busca de la libertad. Sí, estaba radiante. Volvió a girarse. Desde allí me sacó la lengua, guiñó un ojo, y me hizo señas para que me acercase, pero me resistí, quería seguir mirándola, era simplemente preciosa.

Siguió adentrándose en las aguas, que ahora le cubrían algo más que el tobillo, y comenzó alegremente a saltar las olas. Un poco más adentro, ahora eran las olas las que salpicaban su pareo, dejando la huella de la transparencia. Cerré un instante los ojos, el viento arrastró consigo su aroma, me estremecí. De nuevo abrí los ojos a aquel lienzo de azules y dorados, buscando en el horizonte a aquella nena de la que tan enamorado estaba. Ningún resultado. Miré hacia atrás, por si había aprovechado ese momento para esconderse tras de mí con la intención de sorprenderme. Ni rastro. Apenas tardé una décima de segundo en abandonar mi estado de aturdimiento y adentrarme en el mar. Una bofetada de realidad, fría y salada, sacudió todo mi cuerpo.

Nadé, nadé como nunca antes había nadado. Me sumergí, para pronto buscar la superficie. Grité. Un par de jóvenes con un bañador rojo, supónganse socorristas, acudieron presurosos. Se zambulleron hasta llegar a mí, y yo… yo sostenía un delicado cuerpo entre mis brazos…

Entonces se nublaron mis sentidos. Todo aquel paisaje de azules y dorados se oscureció de pronto. Perdí la vista, el conocimiento. La había perdido. No puedo recordar qué pasó en los siguientes quince minutos. Más tarde abrí los ojos, confuso y cegado por aquel fulgor de julio ardoroso. Y allí la vi tendida, marfil sobre la arena. Inmóvil, destrozado, acabado. Sería la última vez que mi aventurera pupila surcase su iris. Rompí a llorar y borré aquella amarga imagen a través de una cascada de lágrimas. La amaba entonces y la amo hoy exorbitantemente.


- ¿Comprendes ahora que prefiera que este verano vayamos a una casa rural a la montaña?

- ¿Y qué te queda de ella?

- Tan sólo me queda una cosa, además de su dulce recuerdo. Para por si acaso, me guardé su sonrisa. Siempre la llevo conmigo en el bolsillo, para cuando la mía se agota, para cuando ya no brilla el sol.

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